La vida son ciclos, y para nuestra familia, el ciclo anual termina – y ya es casi una tradición –, con el viaje a Madrid en torno a la Navidad.
La Capital del Reino luce sus mejores galas en esta época del año. Una borrachera de luces embriaga nuestros sentidos, al tiempo que los mil y un acentos de voces venidas de los cuatro puntos cardinales, alborotan las calles que convergen en la Puerta del Sol.
Esta vez, el plato fuerte de nuestro viaje fue asistir al espectáculo “El Rey León”, uno de los musicales llevado al teatro con mayor éxito en todo el mundo, (en Broadway lleva diez años en escena, y en Madrid van por su tercera temporada consecutiva).
Con una entrada especial, pudimos acceder a las interioridades de la función, una hora antes de su inicio, recorriendo el interior del escenario con sus tramoyas, sus cambios de vestuario y los mil y un artificios que construyen un éxito mundial.
Hay que sacar las entradas con mucha antelación (tienen varios meses de espera), pero pocas veces hemos disfrutado tanto de una representación: desde los mayores hasta nuestro peque de nueve años, todos pasamos casi cuatro horas sin enterarnos.
No se me ocurre un elogio más elocuente.